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"Mágia Verde
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Cambiando nuestra visión de la “cosa” misma:                Curriculum

Debajo de las glosas del mundo que asumimos tener conocimiento, el ojo de Felipe Morales pela y descubre otros mundos que yacen allí delante de nosotros. Lo que tenesmo delante en estas pinturas con los mundos que vemos tan frecuentemente y que no vemos, acostumbrados como estamos a ver solo lo que estamos condicionados a ver. De todas maneras, aunque surjan éstas pinturas del fértil mundo interior del pintor son también representaciones de mundos vivos, actualidades recónditas de fenómenos casi desapercibidos que pueblan nuestro universo y solo tenemos que abrir los ojos y adquirir consciencia para poder ver.

Aquí. Una mujer? No. Un macho/hembra camina sobre un río/camino en que árboles sumergidos levantan las ramas. Junto a “ella”, un paisaje de casas y cactus. En el cielo, dos ángeles flotan, acompañándola. El sol es un rostro brillante. En su mano, una maleta con un paisaje de colinas ondulantes y verdes contra un atardecer rojo y dorado y contra el sol poniente, la luna creciente, su oposición dual empieza su viaje nocturno.

Allá, contra un cielo nocturno de azul transparente, la luna creciente aparece iluminando un paisaje de montañas azules, vegetación ondulante y verdusca y cactus dispersos entre pulcras casas blancas de techos rojos. En el centro del cuadro, un hombre pájaro está encima de un enorme cactus. Allá, una procesión de boda flota como si fuera un ensueño sobre nubes, la cola de la novia cayendo sobre la nube misma, todos en camino a una destinación desconocida.

Hasta los más aparentemente sencillos de estos cuadros narrativos, desafían lo inflexible de nuestro pensamiento lineal. Una procesión va en camino, llevando ofrendas. Pero ¿por qué lleva la mujer un enorme pájaro sobre la cabeza? Y ¿porque es el carro, lo más diminuto de la obra y completamente dominado por el tamaño de las dos mujeres y el hombre junto a él? O ¿como interpretamos ésta casa, que en vez de resaltar contra el paisaje, se vuelve uno con ello, envolviéndose dentro de la tierra misma, con montañas, cactus, nubes y cielo nocturno, un cielo en que dos peces que también son parte de la tierra, flotan alrededor de la luna en la que aparece el rostro del pintor?

Porque éstas obras son, ante todo, narrativos visuales del mundo de su autor, un mundo que se complace en compartir con nosotros y en el cual nos recuerda que el término tan llegado a mal uso del “realismo mágico” originó con el historiador de arte alemán, Franz Roh como título para su libro escrito a principios del siglo pasado sobre la pintura post-expresionista.

Como en las pinturas de Henir Rousseau, Otto Dix, Gino Severini, Giorgio de Chirico y otros a que se refieren Roh, es el ambiente de una penumbra, el resplandor del paisaje o la intrusión de un elemento en éstas obras que crea una disonancia cognitiva que hace ruptura en nuestra visión mundana y unilateral.

Esta dimensión que Roh atribuye como el fenómeno que define el “realismo mágico” aparece en las pinturas de Morales como un tenue resplandor que ilumina los elementos que aparecen en estas obras. Las montañas, las plantas y la gente conllevan ésta aura de luz. Pero otro elemento importante es la ruptura a que se refirió anteriormente... la ruptura que ocurre en nuestra visión “razonada” y lineal: la inclusión de algo más allá de lo cotidiano. Una “cosa” que produce un cambio en nuestra consciencia perceptiva y es un desafío al fluir racional del pensamiento.

El filósofo español, José Ortega y Gasset, estudiante de los fenomenólogos alemanes Edmund Husserl y Martin Heidegger y que fur responsable por la publicación de la obra ya mencionada de Franz Roh, ha dicho que: “La razón es una barquichuela en el mar de la sin razón”

Este elemento en la obra, la inclusión del fenómeno que Morales comparte con Henri Rousseau, (que por casualidad pasó un tiempo en México), es fundamental en estas obras. Está presente por ejemplo en la presencia del hombre pájaro, el nagual shaman que ensoñando encima del cactus mencionado anteriormente. Es el nagual-shaman que ensueña el árbol en que los espíritus del árbol surgen de sus ramos un enorme rostro cubre el paisaje y un nagual retratado en su acto de transformación se ve cara a cara con un perro compañero a través de un ojo de agua. Es la aparición de la Virgen de Guadalupe, de pié sobre los cuernos de una vaca o toro en vez del ángel acostumbrado contra un fondo de tierra, montañas azules contra un cielo de líneas de nubes y capas azules y doradas debajo de las cuales un humano-animal, una figura igual, contempla al espectador.

Elementos, fenómenos, “cosas” tomadas del mundo que el pintor ve, mira y experimenta cada día y que nos revela en su propio “autorretrato” en que aparece con el ya-conocido paisaje como una especie de escenario, los telones revelando la escena. Nos mira desde ese espacio, en la mano tiene su ser ensoñador, el hombre pájaro, una pequeña luna creciente brillando sobre su cabeza. Es el emisario de los ensueños, el ser con la capacidad de abrir los telones preceptúales que nos veden estos mundos. El ensoñador que vuela por esos paisajes nocturnos para hacer vivir de nuevo, durmientes pero actuales y vivas mitologías.

Margarita Nieto, PhD
Los Angeles California
17 de Enero 2004
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